La implosión de OpenAI y por qué importa

El loco fin de semana de la Inteligencia Artificial.

La fórmula es explosiva:

  • El CEO más carismático y visible del momento, Sam Altman.
  • Una start-up que desafió el capitalismo y decidió buscar el bien de la humanidad, OpenAI;
  • La empresa más grande el mundo, Microsoft;
  • Un mundo hiperconectado, donde en un fin de semana pasa lo que antes tomaba meses;
  • La tecnología que cambiará el futuro de la humanidad, la IA y
  • Miles de millones de dólares en juego, para darle más inestabilidad a la mezcla.

El resultado: una historia de personas, motivaciones, creencias y relaciones de poder digna de Game of Thrones, Succession, el Padrino o el Conde De Montecristo (hay referencias para todos los gustos).

 

El loco fin de semana loco de la inteligencia artificial: ¿Qué pasó?

Finalizando la tarde del viernes pasado (17 de noviembre de 2023), el Board of Directors de OpenAI anunció la remoción de Sam Altman de su cargo de CEO.

El comunicado –muy escueto- daba a entender que el (ex) directivo había faltado a su deber de transparencia y sinceridad (“candor”) de manera imperdonable, así que … chau.

Sin más.

“Juro decir la verdad, toda la verdad, nada más que la verdad”

No es la primera junta directiva que hecha un CEO: es una de sus funciones.

Pero no se da todos los días que la “víctima” sea el ejecutivo más visible del planeta.

Para encontrar un precedente hay que remontarse a la salida de Steve Jobs de Apple (aunque su sacada parece haber pasado en cámara lenta comparada con esta…).

A los pocos minutos del anuncio, empieza una danza de dimisiones y rumores que duraría hasta el domingo a la tarde: que ella es la CEO encargada, que ya no, que Sam vuelve, que se va todo el mundo, que se vaya la Junta, que hay un nuevo CEO encargado, que esto que el otro.

En juego estaba la tecnología del futuro, el conocimiento que impulsará décadas de crecimiento económico y elegirá ganadores y perdedores planetarios.

Toda esta locura (¿payasada?) se transmitía en directo por X/Twitter.

Entre las decenas de millones de personas que asistían cuatro grupos prestaban más atención. Mirémolos uno a uno, desentrañando así la relevancia del asunto.

 

Los jefes de estado y la élite mundial: ¿es en serio?

Sam Altman acaba de volver de una gira mundial.

Visitó decenas de países y habló con jefes de estado y de gobierno, universidades, intelectuales, estudiantes, capitanes de industria, inversionistas.

En algún momento parecía más una estrella del rock que un CEO – su vuelta al mundo fue celebrada y amplificada por todos los medios.

“Confien en mi: la Inteligencia Artificial está en buenas manos”

Su mensaje: la responsabilidad. La IA es una tecnología clave, y todos podían estar seguros que él entendía la importancia de manejarla éticamente.

Pocas semanas después, lo echan por mentiroso: ¿es en serio?

Satya Nadella y Microsoft: ¿esa platica se perdió?

El CEO de Microsoft se enteró de la noticia escasos segundos antes que los comunes mortales.

Uno se imaginaría un preaviso más largo, considerando que el señor había invertido más de diez mil millones de dólares en la compañía, ¿no?

Pero el Board sintió que no le debía explicaciones: su prioridad es la ética, no la economía.

“OK, ya basta: jugaron lo suficiente.”

Esta es una cosa bien rara de OpenAI: la Junta Directiva no representa la propiedad de la compañía, sino los intereses de la humanidad.

La empresa sí tiene una vocación empresarial (hacer plata), pero subordinada a otros valores y principios, que el Board está llamado a defender.

Según un rumor, el conflicto con Altman tuvo raíces justo ahí – como veremos más adelante. Sam estaba exagerando con las ganancias, olvidándose de los principios.

Te imaginarás la reacción de Nadella: sin voz ni voto en el asunto, sentía que su inversión estaba en juego – junto a su reputación y a la credibilidad de todo Microsoft.

Sí, porque mientras Google, Meta y hasta Amazon tienen sus propios desarrollos de Inteligencia Artificial, la única apuesta del coloso de Seattle es esa bendita, romántica startup.

La reacción de Satya Nadella ha sido rápida: primero presionó para que Altman volviera a su puesto. Frente a las negativas, rápidamente lo contrató (a él y otros tránsfugas) para liderar una nueva división de IA en Microsoft.

Wall Street quedó satisfecha: después de castigar la acción en las últimas horas del viernes, los mercados abrieron con MSFT en territorio positivo. Aplausos; tragedia evitada (por ahora).

Los empleados: nos vamos, nos quedamos, nos vamos

OpenAI todavía es una empresa pequeña. Tiene sólo 700 empleados, y hasta hace pocos años eran menos de 100. La tecnología es muy joven, y sus trucos todavía reposan en los cerebros de sus inventores, muchos de los cuales no han pasado los 40 años de edad.

No te dejes engañar por el éxito global de ChatGPT: todavía es una startup. Y su mayor tesoro es el capital humano.

El consenso actual es que Altman y unos cuantos compañeros de trabajo pueden volver a construir sus modelos rápidamente si se van a otra parte.

Si esa “otra parte” es Microsoft encontrarán el otro ingrediente clave: la capacidad de cálculo (su infraestructura está entre las tres más potentes del planeta, junto a Google y Amazon).

Por esto buena parte de la atención se dirige a qué harán los empleados clave: ¿se irán con Sam Altman a Microsoft? ¿O serán fieles a los principios defendidos por el Board?

De esta pregunta depende bajo cual bandera se seguirá construyendo la Inteligencia Artificial General (AGI, por sus iniciales en inglés) – ese estado donde la máquina alcanza y supera al ser humano en capacidad cognitiva.

El nuevo líder de OpenAI (al menos al día de hoy) es Emmett Shear, cofundador de Twitch. Entiende de data y de negocios (vendió su empresa a Amazon por mil millones de dólares): ¿sabrá que hacer con el talento que le encomendaron?

“No voy a repetir los errores de mi predecesora (especialmente el de durar sólo 48 horas…)”

Casi toda la primera línea de la empresa se ha declarado cercana a Sam Altman; difícilmente seguirán a su tercer CEO en tres días (Nadella en cambio es el tercero de Microsoft desde su fundación en 1975: ¿quién te daría más confianza?).

 

¿Y nosotros? Debemos acostumbrarnos a una nueva dependencia.

Estoy convencido que la IA es como un segundo cerebro al cual cada uno tiene acceso. En las entrevistas de trabajo ya nos preguntan por él: qué tanto lo usamos, de qué manera.

Este órgano adicional es externo a nosotros: no lo podemos controlar.  Hoy está, mañana nos lo pueden quitar.

Una media docena de personas puede apagar la luz y dejarnos en la oscuridad. Literalmente.

Esto es lo que nos enseña la telenovela de este fin de semana: la inteligencia será artificial, pero hay una mano humana sobre el interruptor.

El nuevo CEO podría revertir algunas de las decisiones de Altman. Incluso podría apagar ChatGPT.

Esto dejaría a millones de personas en apuros, y le quitaría sentido a miles de empresas que han construido sus negocios alrededor de ese motor.

El impacto sólo no es más grande porque la tecnología se lanzó hace poco más de un año.

¿Si una disputa de ese tipo se diera en 5 años? Sería otra historia, mucho más dramática – incluso existencial.

Si todo el tejido empresarial de un país genera una dependencia de una tecnología, ¿qué pasa cuando la retiran?

No es una pregunta nueva: internet, la nube, el software de gestión, iOS ya nos han puesto a pensar en el tema. Dependemos siempre más de servicios digitales globalizados para que nuestra vida fluya – y ninguno está bajo nuestro control, de empresas nacionales o del Gobierno local.

La infraestructura crítica normalmente la controla el estado nacional: puertos, aeropuertos, frecuencias de transmisión, petróleo, ferrocarriles, moneda.

Todos anclados al territorio.

Pero la infraestructura digital es supranacional: ¿somos soberanos si no controlamos nuestros datos?

La gran pregunta del próximo siglo ya es: “¿en qué ecosistema digital vamos a vivir?”.

Hoy decidimos si queremos Apple o Android. Mañana podríamos estar frente a otra disyuntiva: ¿China o EE.UU.? ¿Tik Tok o Facebook?

La novedad del fin de semana es que la “nueva dependencia” puede ser de una media docena de personas, no de un sistema.

De la geopolítica pasamos a la psicología humana; del “choque de civilizaciones” a una discusión entre compañeros de trabajo en Silicon Valley…

 

Todavía queda una pregunta por responder: ¿qué hizo Altman?

La Junta Directiva no ha revelado cuál fue el comportamiento de Altman que les hizo perder la confianza en él.

¿Algo ético? ¿Un conflicto de intereses? ¿Un tema personal? En algún momento se filtrará, y es relevante.

Para sancionar la ineptitud del Board o para ayudarnos a conocer mejor la mentalidad de Altman y poder intuir qué hará en Microsoft (¡si es que se queda!).

No es la primera vez que OpenAI está en el centro de conflictos personales.

Uno de sus co-fundadores es Elon Musk, quien salió en 2018 y desde entonces ha sido muy crítico del camino emprendido por su criatura.

Otro ex-empleado es Dario Amodei, quien era vicepresidente de Investigación y salió en 2020 para fundar Anthropic – hoy enfocada no casualmente en una Inteligencia Artificial más segura y más alineada.

Unas pocas personas con sus diferencias, sus conflictos, sus visiones contrastantes.

Es fascinante pensar que pueden ser los protagonistas de una era clave de la humanidad.